Por Julián Granda
Los factores de guerra y conflicto armado, con efectos en la sociedad, han dejado de ser explicativos del aumento o disminución de la movilización social. Esta se produce por otros factores, dentro de los cuales me voy a concentrar en este ensayo libre sobre uno: el alineamiento político.
Este concepto tiene una larga trayectoria. En su despliegue he visto que puede darse de forma espontánea, así como la gran movilización del Norte del Aburrá en Colombia durante junio de 2025, que reunió a la población de Granizal en torno al agua, u organizada en el marco de un proceso de incidencia política que Vania Bambirra lo describe muy bien en La historia de la Revolución Cubana con relación a Frank País.
La primera de las dos formas de alineamiento, la espontánea, ocurre de formas imprevistas y azarosas, creando marcos y acciones innovadoras, pero con tendencias rápidas hacia su disolución. Ya lo anunciaba Gramsci, no son sustentables. El mismo caso de Granizal me permitió observarlo el año pasado, lo intentaron de nuevo en octubre, pero no lo lograron como en junio.
El ejemplo del gran paro nacional colombiano de 2021 es otra manifestación. La alineación espontánea exitosa durante tres meses, en ese sentido, se desbarató, aunque también hay que decirlo: se convirtió en un acto de formación de consciencia a largo plazo que sirvió para la consolidación del gobierno del presidente Petro. En el paro se fortaleció otro encadenamiento, pero, en cuanto a sus objetivos de hacer un nuevo país, se diluyó.
La alineación como acción consciente es distinta. Una forma de encararla ha sido fruto de la reflexión política de distintas personalidades. En El programa de transición, León Trotsky menciona la hipótesis acerca de las luchas sociales en cuanto a su crecimiento o debilidad por las consecuencias de la dirección partidaria. Un argumento muy complejo y poco desarrollado, pero que me sirve para el propósito.
Y es que uno de los contenidos específicos de esto, los problemas de dirección, corresponde con la ausencia o presencia de relacionamientos constantes, fluidos y polémicos entre bases (militantes y no alineados) y la dirigencia, siendo la primera la que condiciona a la segunda (el centralismo democrático, en ese esquema, se me aparece para tensionar mi argumento seudoanarquista combinado con mi defensa socialista). No obstante, ocurre que la presencia de lo que denominaré como la gestión política del alineamiento es un factor crucial, y su ausencia esclarece los fenómenos en cuanto a sus objetivos.
Dicho esto, miremos algunos lugares donde creo que se afianza este argumento, aunque corro el riesgo de su simplificación. El gobierno actual del Ecuador hace todo cuanto está a su alcance para generar agravios a los trabajadores y campesinos, además de su pequeña burguesía. Darle medallas distinguidas a quienes persiguen compatriotas migrantes en USA: desacertado. Encarcelar y perseguir a la oposición: despótico. Reprimir y sofocar la movilización indígena: colonial. Condonar deuda de grandes empresarios privados, además importadores: antipatriótico. Todas son acciones que generan unas condiciones objetivas para destituir un gobierno títere y profundamente contrario a los intereses nacionales.
No obstante, no se produce contestación popular relevante, y la explicación está en el alineamiento. En el pasado paro de octubre de 2025 se pudo haber alcanzado, pero cada actor quiso sacar réditos y continuó aislado en términos de coordinación de agenda y afianzamiento de una necesidad común.
Y con cada nueva medida tampoco se produce. Luego entonces, cada política gubernamental que atenta contra la vida y la economía no es contrastada ni tensionada, por lo que se requiere un movimiento en dos ámbitos.
La afirmación de la idea acerca del problema del estancamiento se relaciona con los sectores de mayor consciencia de oposición y, dentro de esto, su equivocada política de actuar solos, sin la mediación específica de todos quienes comparten el agravio, pero aún más, la demanda de ser un país justo y en paz. Se trata de sumar fuerzas y de producir una voluntad común que trascienda la fragmentación moral y organizativa en la que hoy se refugian incluso los más lúcidos. Porque allí donde cada quien interpreta correctamente el agravio pero lo procesa en soledad, lo que emerge no es acumulación política sino dispersión estratégica.
Así entonces, mientras no se produzca la gestión de la alineación, no pasará nada en cuanto a cumplimiento de objetivos y cada acto valeroso quedará limitado por su propio narcisismo: valiente en cuanto a sí, pero insignificante frente a sus efectos de coyuntura. Peor aún, esa suma de valentías aisladas termina funcionando como estabilizador del orden que se pretende combatir, al descargar la presión social en expresiones inconexas. El problema, entonces, no es la ausencia de conflicto, sino su mala articulación. Y mientras esa articulación no exista, el poder no necesita derrotar al movimiento social: le basta con dejarlo actuar. Para forjar victorias así, se requiere abordar el complejo asunto de la dirección y dentro de este, el cómo de la alineación.
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