Por José Molina Ramón
La pregunta de fondo quizás no sea únicamente si la política está en crisis, sino si asistimos a una transformación histórica de las condiciones mismas que hacían posible la vida política. Desde sus raíces griegas, la política remitía a ta politiká: los asuntos de la polis, aquello que concernía a la comunidad y exigía participación en un mundo compartido. La política no era simplemente gobierno, administración o representación; implicaba la existencia de un espacio común de aparición, conflicto y deliberación: la ágora. Allí, los desacuerdos podían hacerse visibles y el juicio sobre lo común podía construirse colectivamente.
Sin embargo, la propia tradición griega ofrece una categoría particularmente sugerente para pensar el presente: la del idiṓtēs. En la Atenas clásica, el idiṓtēs no designaba originalmente al “ignorante” o al “falto de inteligencia”, sentido peyorativo que adquiriría siglos después la palabra “idiota”. Más bien, nombraba a aquel que permanecía recluido en sus asuntos privados (idios), desentendiéndose de los asuntos de la polis. El idiṓtēs era, en cierto sentido, quien se retiraba del mundo común.
¿No estamos acaso frente a una forma históricamente renovada de esta condición?
Desde distintos ángulos, varios autores parecen converger en un diagnóstico inquietante. El sociólogo brasileño Jessé Souza ha mostrado cómo el neoliberalismo no constituye solamente un modelo económico, sino una racionalidad social que fragmenta los vínculos de solidaridad históricamente construidos. El sindicato, el barrio, las formas de organización popular e incluso ciertas solidaridades familiares han sido progresivamente erosionadas. Allí donde existían espacios de reconocimiento mutuo y construcción colectiva, emerge un individuo compelido a sobrevivir competitivamente.
De manera convergente, Byung-Chul Han ha sugerido que el neoliberalismo produce un sujeto aislado que ya no necesita ser disciplinado desde afuera, sino que se autoexplota bajo la promesa de libertad y rendimiento. En lugar de comunidad, proliferan relaciones débiles, conexiones instantáneas y subjetividades crecientemente encerradas sobre sí mismas. La paradoja contemporánea es evidente: vivimos hiperconectados, pero crecientemente solos.
A ello se suma una dimensión tecnológica decisiva. Las plataformas digitales, lejos de constituir una nueva ágora democrática, operan mediante arquitecturas algorítmicas orientadas a capturar atención, modular afectos y segmentar percepciones. Como ha mostrado Shoshana Zuboff, el capitalismo de vigilancia transforma experiencias, emociones y comportamientos en materia prima para la predicción y conducción de conductas. El juicio político parece desplazarse desde espacios colectivos de deliberación hacia flujos individualizados de indignación, miedo, deseo o adhesión emocional.
Quizás el problema de nuestro tiempo no sea simplemente una “crisis de representación” ni una pérdida de interés ciudadano por la política. Tal vez asistimos a algo más profundo: una producción social del idiṓtēs. No ya el ciudadano desvinculado por elección, sino sujetos crecientemente aislados por la fragmentación neoliberal de los vínculos comunitarios y por formas tecnológicas de mediación que reorganizan la experiencia política desde la individualización afectiva.
La pregunta, entonces, deja de ser únicamente cómo recuperar la política. Tal vez debamos preguntarnos primero si todavía existen las condiciones sociales, afectivas y comunitarias para que los asuntos de la polis puedan volver a ser realmente comunes.