jueves, 9 de abril de 2026

¿Por qué la academia no lee a Lenin?

Por José Molina Ramón

La ciencia política contemporánea —sobre todo la de corte más institucionalista o cuantitativo, muy influida por la academia norteamericana— ha tendido a privilegiar modelos formales, datos comparables y diseños metodológicos replicables. En ese marco, textos como los de Vladimir Lenin no encajan fácilmente porque no fueron escritos como teoría “neutral” sino como intervención estratégica situada. Lenin no escribe para describir el mundo, sino para transformarlo, y eso incomoda a una disciplina que, al menos en su versión dominante, intenta separar análisis y praxis.

Segundo, hay una cuestión política e histórica. Durante el siglo XX, especialmente en el contexto de la Guerra Fría, la figura de Lenin quedó fuertemente asociada a experiencias estatales específicas (URSS, partidos de vanguardia, centralismo), lo que produjo una lectura muchas veces reduccionista: Lenin como “dogma” o como “autor superado”. Esa lectura se sedimentó en los currículos, de modo que ya no se lo aborda como problema teórico sino como capítulo cerrado o incluso incómodo.

Tercero, hay un problema de estilo intelectual. Lenin trabaja con categorías como partido, organización, hegemonía, conciencia, pero lo hace en clave polémica, táctica, incluso contingente. Frente a eso, autores como Max Weber o Robert Dahl resultan más “asimilables” porque ofrecen tipologías, conceptos más estabilizados o lenguajes más compatibles con la enseñanza académica. Lenin exige una lectura distinta: no tanto sistemática sino estratégica, lo que hace que muchos académicos prefieran evitarlo antes que enfrentarse a esa incomodidad metodológica.

Cuarto, y esto es clave, hay una especie de despolitización de la teoría. En muchas corrientes actuales, la política se estudia como comportamiento, instituciones o elecciones racionales, pero no como lucha por la transformación radical del orden social. Lenin, en cambio, obliga a pensar la política como conflicto estructural, como ruptura, como toma del poder. Esa dimensión no desapareció en la realidad, pero sí ha sido parcialmente desplazada del lenguaje legítimo de la academia.

Ahora bien, también hay que decir que en ciertos espacios —historia intelectual, teoría crítica, estudios marxistas— Lenin sigue siendo leído con mucha seriedad. El problema es que esas corrientes han quedado más bien en los márgenes o en circuitos específicos, mientras que el mainstream disciplinar opera con otros criterios de validación.

En el fondo, lo que aparece no es solo un rechazo a Lenin, sino una tensión más profunda: qué tipo de conocimiento se considera “científico” en ciencias sociales. Y ahí Lenin queda en una posición incómoda porque rompe la separación entre teoría y práctica, entre análisis y compromiso. Por eso, más que un autor descartado, es un autor que sigue siendo difícil de integrar en las reglas actuales del juego académico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

De la polis al idiṓtēs: ¿el colapso de la política o de sus condiciones de posibilidad?

Por José Molina Ramón  La pregunta de fondo quizás no sea únicamente si la política está en crisis, sino si asistimos a una transformación h...