miércoles, 18 de febrero de 2026

Fascismo: los molinos de viento de la izquierda


Por Víctor A. Espinoza 

En algún lugar de La Mancha, cabalgaba Don Quijote peleando contra molinos de viento, convencido de que eran gigantes.

Igual que Don Quijote, en Ecuador y Occidente, la izquierda hegemónica se enfrenta al «fascismo», para evadir la incómoda tarea de señalar el carácter intrínsecamente burgués y excluyente de la «democracia» liberal y de denunciar al capitalismo como la causa de la precariedad y la violencia contra la mayor parte de la población.

¿A qué se debe esta confusión teórica?

En los países con un sistema capitalista avanzado, se encuentran en pugna dos sectores de la burguesía. Por un lado, los capitalistas financieros tratan de impulsar un mercado global liderado por las grandes transnacionales. El relato cultural de este bando se articula a la izquierda progresista, pues defienden valores cosmopolitas y universales que buscan minar las tradiciones sobre las que se asientan los estados nación.

En la otra orilla de esta disputa de élites, se encuentran las burguesías nacionales, tratando de sobrevivir a las arremetidas del globalismo, reclamando la protección de los estados nación y reivindicando valores conservadores. La contraparte política de esta línea son las nuevas derechas, a las que el progresismo llama «fascistas». Sin embargo, ¿Son realmente fascistas?

Al igual que los fascistas de los años 30s del siglo pasado, la extrema derecha surge para sostener el capitalismo mediante la represión, pero, a diferencia de Hitler y Mussolini, son devotos disciplinados de la «democracia» liberal y, en lo internacional, son radicales otanistas.

En países periféricos, como Ecuador, la falta de institucionalidad y la inestabilidad política, genera expresiones autoritarias más frecuentes por parte de los gobiernos. No obstante, esto no es consecuencia del fascismo, sino que es la forma en la que se expresa la «democracia» liberal en el nivel de desarrollo del capitalismo propio de estos estados.

El llamado a la «lucha antifascista», aunque en muchos casos bien intencionado, adolece de una profunda ingenuidad política. Al apelar a la defensa de la «democracia» liberal sin cuestionar sus fundamentos, se termina legitimando un sistema que restringe la participación política a quienes pueden financiar costosas campañas electorales. Peor aún, esta postura fortalece a una izquierda sistémica cuya máxima aspiración se limita a ofrecer paliativos temporales a las mayorías: pequeñas concesiones que, lejos de transformar el modelo económico, terminan por perpetuarlo y allanan el terreno para nuevos ajustes cada vez más agresivos.



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