miércoles, 18 de febrero de 2026

¿La lucha Antifascista es un combate estéril que terminará reforzando la democracia liberal?

Por: José Molina Ramón 

En el escenario político contemporáneo, la categoría de "antifascismo" suele ser despachada por ciertos sectores de la izquierda como una nostalgia paralizante o, peor aún, como un salvavidas lanzado a una democracia liberal que ya no tiene nada que ofrecer. Sin embargo, esta lectura corre el riesgo de ignorar una transformación telúrica en la estructura del poder mundial: el pánico de la oligarquía financiera y tecnológica ante el "efecto China" y el fin de su hegemonía indiscutida.

Para entender por qué la lucha antifascista es hoy una vanguardia, debemos alejarnos de la caricatura del dictador de opereta y observar la anatomía del miedo del capital global.

La oligarquía globalista —ese entramado de finanzas transnacionales y soberanía tecnológica— no está arremetiendo desde una posición de fuerza, sino de asedio. El desplazamiento económico hacia el eje asiático ha roto el consenso del libre mercado. Cuando el capital dominante ya no puede ganar mediante la competencia "limpia", recurre a la excepcionalidad política.

Lo que el progresismo liberal llama "populismo de derecha" es la fase de repliegue autoritario de un imperio en decadencia. El fascismo no surge hoy como un proyecto nacionalista romántico, sino como el brazo armado de un globalismo que, ante el temor de ser desplazado por China, está dispuesto a canibalizar sus propias instituciones democráticas para asegurar recursos estratégicos y disciplinar a las poblaciones.

En países periféricos como Ecuador, la situación se vuelve más cruda. Nuestra oligarquía, históricamente ligada a la exportación de commodities (banano, camarón, petróleo), no es un actor independiente; es una burguesía compradora. Su existencia misma depende de su servilismo al centro financiero global.

La tesis de que el autoritarismo actual es solo una "fase natural del desarrollo" es un error de lectura histórica. En el marco de la Teoría de la Dependencia, el capitalismo periférico no "evoluciona" hacia la democracia europea; se estanca en una explotación intensiva de la mano de obra y la naturaleza. La oligarquía ecuatoriana no busca el desarrollo nacional, sino blindar su status quo mediante un Estado punitivo que garantice el flujo de capitales hacia afuera, incluso si eso significa pisotear la Constitución que ellos mismos redactaron.

Aquí radica el nudo gordiano: ¿defender la democracia nos hace cómplices de la burguesía? La respuesta debe ser dialéctica. Si las fuerzas sociales abandonan la defensa de los derechos democráticos bajo el argumento de que son "formales" o "burgueses", le entregan el monopolio de la fuerza al fascismo de mercado.

La lucha antifascista no debe entenderse como la defensa romántica de las urnas, sino como la defensa del espacio de maniobra del campo popular. Defender el derecho a la protesta, la libertad de organización y el debido proceso es defender las condiciones materiales que permiten la lucha de clases. Sin estas "garantías", la arremetida de la oligarquía atemorizada se convierte en una masacre administrativa y policial.

El error de la izquierda sistémica es creer que el fascismo se derrota volviendo a la "normalidad" liberal. Pero la normalidad liberal fue la que parió esta crisis. El antifascismo de vanguardia debe ser capaz de caminar sobre dos pies: frenar la ofensiva autoritaria de las élites mientras se denuncia que la democracia liberal es el caparazón que protege a la oligarquía financiera.

No estamos defendiendo los molinos de viento de la democracia burguesa; estamos defendiendo el terreno donde se librará la batalla final por nuestra soberanía. En Ecuador, la lucha contra el fascismo es, en última instancia, la lucha por romper nuestra dependencia de una oligarquía que, en su agonía, está dispuesta a incendiar el país con tal de no perder su lugar en el banquete del capital global.

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